lunes, 17 de septiembre de 2012

GME (Guerrilla Mágica de Escuelas)


Cap. 1

           - Cariño, no tenemos por qué llevarla.
           - Es necesario y lo sabes, ¿cómo sino se iba a enfrentar al mundo cuando saliera fuera?
           - ¿Y tiene que ser ahora? No creo que haya mucha diferencia entre sacarla ahora y que retome los estudios, a dejar que los termine y entonces haga lo que le plazca.
           - Tu hija quiere ver mundo, compréndela…
           - ¡No me vegas con eso, cariño! ¡Por algo la metimos al convento!

Y esa era la razón por la que Ifigenia se apartaba a un lado, lejos de la conversación, a leer uno de los muchos libros de la biblioteca del convento en la mesa de madera del jardín más cercana. ¿Cuándo podría hablar por ella misma? Dieciséis años confinada en una celda era un lugar seguro y lleno de intelectualismo, pero la curiosidad de ver lo que había tras la tapia del convento superaba su vida tranquila y armoniosa. Si los libros de aventuras no engañaban, a su edad ya habría vivido una emocionante aventura con sus mejores amigos que habría afrontado con gran valentía y tesón augurando un final feliz por el esfuerzo de la misma. Una pena que no existieran ni los amigos. Sólo teólogas viejas y niñas con proyecto de serlo por su miedo al mundo exterior.

Así pues, Ifigenia cerró de un golpe seco el libro y se acercó a sus padres con gesto serio y determinante.

           - No quiero seguir aquí encerrada. Está muy bien poder leer, cultivar y llevar una vida tranquila, pero no ansío pasarme el resto de mi vida rezando a Nuestro Confidente, sino ser de utilidad al mundo. Así que, os pido por favor que me saquéis de aquí o mi paz interior se resentirá gravemente.

Sus padres la miraron con sorpresa, su padre en concreto con la boca tan abierta del asombro que pensó que le cabía un puño en ella, y balbucearon algo sin sentido.

           - Pero ratoncita… ¿y esa actitud…?
           - Abre los ojos, papá, tengo veintiún años y quiero ver el mundo. Los libros del convento no tienen dibujos.

Tras una mirada cómplice entre padre y madre, miraron ambos a Ifigenia y decretaron, como quién hace una ley, lo siguiente.

           - De acuerdo, ratoncita. Accedemos a tus deseos de querer aprender de modo práctico, pero nos gustaría saber con qué fin o qué deseas ver concretamente.
           - Quiero conocer el resto de Estudios del mundo.
           - ¿Te refieres a…?
           - Sí.
           - Pero ratoncita, eso no cuadra con lo que tú…
           - Siempre habéis dicho que lo más importante es un amplio conocimiento, pues bien, quiero aprender del resto de los Estudios.

Tras un breve silencio y una mirada de auxilio de su padre a su madre, decidieron que lo mejor sería hacer caso de los deseos de su hija ya que no contenían ninguna mala intención.

           - Eso sí, Ifigenia, llevarás acompañante.

Y así fue como Ifigenia Keenlés emprendió la aventura de su vida: matricularse en otra Escuela. O varias.

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