El olor a cena de Nochevieja, la cebolla guisada, la carne haciéndose lentamente entre el crepitar del aceite, el horno funcionando a toda potencia… nada como estar en casa para disfrutar de las cosas buenas. La familia en el sofá, alborotando a la espera de la reunión gastronómica de fin de año, comentando quién será el que se atragante este año cuando den las uvas por la tele; aún no sabemos qué canal pondremos, ningún año lo sabemos hasta que casi llega el momento, pero todos estamos de acuerdo en que telecinco ha perdido sus posibilidades.
Tantos años acudiendo a este día tan especial, en Zaragoza, en mi casa, con todos mis seres queridos, después de tantas giras con la compañía, tanto trabajo, tanta vida de nómada que ofrece el teatro… por fin, poder sentarte en una mesa y poder ser tú misma, admirándote de cómo pasa el tiempo para todos, cómo tu padre se hace más viejo y de cómo tu hermana crece demasiado deprisa. Todo es tan doradamente maravilloso y magnífico…
Pero él no estaba. Aquel amor de juventud quedó en aquel año sin retorno, igual que en mi corazón dentro de mi pecho. Tras muchos corazones rotos, muchas aventuras amorosas y muchos flirteos sin resultado, mi músculo bombeador de sangre seguía sin admitir aquella pérdida. Una de esas pérdidas irreversibles y crueles que el destino se negaba a devolver, igual que el amor platónico de una quinceañera, que por muy grande y hermoso que sea no hay contenedor donde volcarlo. Todavía le quería. Pero nunca he creido ser capaz de poder dejar mi naturaleza frívola, mi libertad en el mundo, a cambio de la felicidad que él me ofrecía. Lo tuve todo, todo cuanto quise, desee y soñé, todo por su mano. ¿Por qué no supe valorarlo? ¿Era esto lo que yo quería? No podía ofrecerle nada mejor. La mayor parte del tiempo lo hubiera pasado solo, cuidando de un perro o un hijo que crecería sin el cuidado de una madre en condiciones, se hubiera amargado y hartado, ¿y entonces qué? No hubiera podido hacerle feliz por culpa de mi vocación.
Y una vez más tengo que recordarme que mi decisión fue la correcta, que fue lo mejor para los dos y que él se merece una buena mujer que le dé unos hijos preciosos y que le cuide siempre que lo necesite. Una mujer que le haga feliz. Una mujer que no puedo ser yo.
Y sin embargo, le seguiré queriendo como le he querido todo este tiempo.