Cap. 2
- ¿Estás de
coña, Ifigenia? No puedes llevarte eso…
Cyrene Arknosos, de los Gran Arknosos, miraba con una mezcla
de asombro y repulsión el gran saco rebosante de libros que Ifigenia intentaba
por todos medios atar a la balda de equipaje posterior de la calesa, sin éxito.
- ¿Y
entonces qué me llevo? Es toda la información de la que dispongo para
enfrentarme a lo de fuera, aparte de ti.
- ¿Y has
pensado, quizá, en llevarte algo útil? No sé… ¿ropa, un neceser?
-
Tranquila, todo eso está dentro de la calesa.
- No puede
ser… ¿es la mochila de colegio esa? Ifi, sabía que no eras normal, pero esto ya
supera mis límites.
- Deja de
protestar y ayúdame con esto.
- No pienso
hacerlo, ese torrente de libros no entrará en mi casa.
Ifigenia intentó una vez más juntar las correas para sujetar
el saco, pero el resultado fue el mismo que las anteriores veces, las correas
no daban tanto de sí. Cyrene la miraba apoyada en la pared de piedra blanca de
la abadía, junto a la gran puerta de madera y hierro que la esperaba
impertérrita a ser abierta, disfrutando de ser el centro de atención de las
teólogas que paseaban por allí. Ifigenia recordaba ahora las veces que Cyrene
la había visitado en incontables ocasiones, causando grandes estragos como este
en el silencio de la abadía. Cyrene disfrutaba narrándole de manera dramática y
exagerada, como los cuentos infantiles, todo lo que ocurría fuera: anécdotas de
los mercados, su presentación en sociedad, las reuniones sociales mensuales de
damas, y un largo etcétera, e incluso en alguna ocasión se permitió hablarle de
chicos que abundaban en las fiestas de sociedad. La cabeza de Ifigenia entraba
en una vorágine de pensamientos vertiginosos solo de pensar en las emociones
causadas por fiestas de sociedad, conversaciones banales, chicos. Chicos. Toda
una experiencia para una jovencita de veintiún años virgen que sólo había visto
a su padre en lo que se refiere al género masculino. Las descripciones de los
libros eran escuetas, técnicas y anatómicamente detalladas, pero Cyrene hacía
que el género masculino resultase fascinante. Tantos libros de teología,
ciencias, artes y sociales y tan pocos de ficción podían arruinarle a una la
vida, pero desgraciada o afortunadamente eran su único transporte para vivir
una vida que ella sentía que le estaba esperando desde hace mucho tiempo. Y,
por supuesto, aquello por lo que estaba dispuesta a arriesgar su armonía
diaria: las Escuelas Mágicas. Dios mío, sabía tan poco de ellas y a la vez
despertaban tanta curiosidad… Nada de Escuelas Al Uso o Escuelas Teológicas
(también llamadas conventos), ella quería acción, emoción, quería estudiar Las
Tres Magias. Pero a ver cómo se las apañaba.
Vigilada como estaba con Cyrene, no por ella, sino por los
Gran Arknosos, amigos de los Keenlés, era cómo ser el mismo perro con distinto
collar. Sólo quedaba la perspicacia y buena mano de Cyrene para investigar a su
gusto, dado que a su amiga le encantaba desobedecer órdenes provinieran de
donde proviniesen y sin importar las consecuencias. Podría clasificarse como
una “rebelde” según algunos de los libros de sociología que Ifigenia intentaba
atar sin éxito. O quizá sólo eran las hormonas, tal y como marcaban los libros
que versaban sobre medicina. En cualquier caso, iba tener que desprenderse de
todos ellos a este paso.
- En serio,
Ifigenia, ya te he dicho que en la biblioteca privada de mi padre tendrás todos
esos y muchos más, déjalos, ya los recogerás cuando no tengas que volver aquí
porque tendrás una casa propia.
- Cyrene,
no me engañes… ¿estás segura de que en la biblioteca de tu padre estarán todos?
- Ifi,
estás hablando de un Arknosos, ¿qué es lo que no tenemos?
-
¿Vergüenza?
- Como
siempre, buena respuesta. Y ahora, por el amor de Nuestro Confidente, deja esos
libros aquí y vámonos, que a este ritmo no llegaremos ni por la noche.
- De
acuerdo, de acuerdo… ¡pero cómo luego no haya libros…!
- Si no los
hay los mandamos comprar aunque solamente sea para que te calles.
- Me dejas
más tranquila.
- Casi no
me lo creo. Sube a la puñetera calesa.
El saco de libros quedó en manos de una de las teólogas y
por fin Ifigenia pudo ver cómo la calesa atravesó la gran puerta de madera
rumbo hacia su semilibertad.
Santo Confidente, ¡estaba fuera! A través de la ventana de
la calesa pudo ver cómo un camino de tierra se abría paso por los campos de
cultivo y las praderas de pasto, dejando atrás una extensa muralla blanca donde
predominaba un gran campanario. Es cierto que lo iba a echar de menos, era su
refugio, pero para eso siempre habría tiempo. Aunque bien era cierto que al
mirarlo por última vez antes de perderlo de vista sintió una punzada de miedo
al darse cuenta de que, en realidad, estaba sola y expuesta al mundo a pesar de
la compañía de Cyrene, la cuál ya tenía su vida hecha en la ciudad, y quizá no
debía haberse planteado salir de allí sin estar preparada. No, no. Lo estaba.
Se convenció a sí misma durante un buen rato en silencio para que así fuera.
- Bueno, no
te atosigues a ti misma, vaya cara llevas. Te hará bien, mujer.
- Eso
espero…
- Que sí,
ya verás. ¡Joder, va a ser genial! Tú y yo todo el tiempo juntas, mano a mano
como dos hermanas, ¡te van a encantar las fiestas!
- Parece
emocionante.
- ¡Y lo es!
– Cyrene echó un vistazo a la vestimenta de Ifigenia- Pero lo primero que
haremos será ir de compras, nena, no puedes ir vestida de teologita si quieres
una presentación en sociedad digna de una dama que se puede enorgullecer de
tener como padrinos a los Arknosos.
Cyrene mostró una gran sonrisa y su mejor pose para
engrandecer el orgullo que le proporcionaba nombrar su apellido y comenzó a
enumerar un sinfín de nombres de boutiques y tiendas de ropa de lo más
variopintas, con sus respectivos clientes como seña de identidad. Era
impensable que una duquesa, marquesa o condesa comprara en la misma tienda de
ropa que un burgués con un pequeño negocio, tanto por el dinero como por la
clase social que se ostentaba. Vaya, dinero. Ifigenia no había contado con ese
detalle, ya que en el convento cada una cultivaba en el huerto la comida de
todas y por lo tanto no había que pagar por ello, es más, si precisaban de
algún alimento del exterior, el intercambio era con productos del huerto común.
Si además nos poníamos a hablar de ropa, la cosa se complicaba mucho más. No
entendía mucho de moda, pero sabía que ahí fuera cualquiera dama de cierto
renombre tenía acceso a más de dos sayas. ¿Se pondría por primera vez un
vestido? No, no, nada de soñar. Sin dinero no hay vestidos.
- Creo que
con mi par de sayas blancas podré apañármelas, procuraré ser discreta.
- ¿Estás de
broma? Si quieres sobrevivir, tienes que ser de todo menos discreta, ¡y
olvídate de tus sayas! No las necesitarás mientras vivas en mi casa, los
vestidos corren a cargo del dinero de Arknosos, no tendrás que preocuparte por
nada.
- Pero mis
padres…
- Los míos
hablaron con ellos y, aunque estuvieron reticentes, al final les convencimos
para que te dejaras tratar como una reina. Soltarle lo de las “nuevas
experiencias para abrir la mente” fue la clave. Así que deja de protestar y te
convertiremos en una princesa, la nueva sensación londinense.
- Me estoy
mareando sólo de pensarlo…
- ¡Va a ser
total!
El viaje prosiguió su camino con un traqueteo incesante,
igual que los pensamientos de Ifigenia. A cada paso de estar más cerca de la
ciudad, más miedo tenía, porque la verdad es que los intentos de Cyrene por
intentar que pareciera todo muy normal solo conseguían abrumarla más. ¿Se
habría equivocado? Y si lo había hecho, siempre podría mandar correspondencia a
sus padres exponiendo sutilmente que tenían razón… No, no, de eso nada. Respiró
hondo, contuvo el aliento durante una pequeña fracción de tiempo, y echó por
tierra todas sus preocupaciones, al menos por el momento.
Al cabo de una hora, Cyrene escuchó unos golpecitos de
atención del cochero y al momento asomó su cabeza por la ventana. Era mediodía
y el sol, desde su cenit, iluminaba sin compasión toda la ciudad de Londras,
inmensa.
- ¡Estamos
llegando, Ifi!
Ifigenia no había esperado a que Cyrene le dijera nada. Con
casi medio cuerpo fuera de la calesa, una gran sonrisa se extendía por su
rostro al ver la aglomeración de edificaciones en la que iban a adentrarse. Y
gente, mucha gente. Vislumbraba carruajes con distintas ornamentaciones de
colores, con techo y sin techo, de alquiler o privados, con los blasones y
escudos de las familias más acaudaladas.
-
¡Ifigenia, deja de hacer el ridículo y métete en la calesa!
Notó como la mano de Cyrene le tiraba de la saya sin
miramientos para sentarla de golpe en el acolchado asiento azul marino.
- ¡Hay
mucha gente! ¡Y muchas calesas como la tuya!
- ¡Claro
que hay gente, es una ciudad! Y en eso te equivocas, no hay ni una que llegue
al nivel de esta, querida mía, puedo asegurar que son todas más feas y más
pequeñas.
- No sabría
decirte… ¡Oh, mira!
- ¡No!
De nuevo Cyrene tiró de Ifigenia para que no volviera a
sacar medio cuerpo fuera.
- Vamos a
ver, regla número uno, deja de comportarte como alguien que nunca ha visto el
mundo.
- Es que yo
no he…
- Chitón.
En la ciudad se vive de apariencias, no queremos ningún escándalo publicado en
los periódicos con el titular “Teóloga chiflada sorprende en St. James”, -
Cyrene frunció el ceño- lo primero porque tienes que labrarte una reputación y
no queremos empezar así, y lo segundo porque no quiero que ensucies la de los
Arknosos, te recuerdo que estás bajo nuestra tutela ahora.
Ifigenia se sonrojó de vergüenza al darse cuenta de que
realmente estaba haciendo el ridículo. Los londinenses no estaban ciertamente
acostumbrados a ver una teóloga señalando con entusiasmo los patos del estanque
desde una calesa, embutida en la habitual saya blanca y la cofia del mismo
color que cubría su cabeza, la imagen de una teóloga novicia era de sumisión,
paz e intelectualismo.
- Bien.
Mira por la ventana cuanto quieras, pero no asomes la cabeza ni mucho menos el
cuerpo hasta que lleguemos a Arknosos House, ¿entendido?
Tras pasar por dos parques enormes plagados de tiendas, la
Cámara de los Lores, la Sociedad Histórica, el club de caballeros White’s y la
Biblioteca De Londras, entraron en una ancha avenida franqueada a ambos lados
por grandes mansiones, a cual más ostentosa y con más mezcla de estilos
arquitectónicos.
-
¡Bienvenida al mejor barrio de Londras, Ifi! Todas las grandes familias viven
aquí durante el año, luego veranean en sus otras mansiones lejos de la ciudad.
Debes tener cuidado cuando pasa por aquí, es un hervidero de cotilleos, has de
ser educada pero sin dar demasiada información.
Dos señoras de avanzada edad pararon en seco, e incluso
retrocedieron un par de pasos para asegurarse de lo que habían visto dentro de
la calesa de los Arknosos, Cyrene se limitó a saludarles escuetamente con una
repetida sonrisa falsa, mientras que Ifigenia procuró ocultarse entre las
sombras que proyectaba la calesa dentro del habitáculo. Al poco rato, al final
de la gran avenida, empezó a apreciarse lo que parecía la mansión más grande de
todas rodeada por unos jardines y limitados por una verja metálica con el gran blasón
de los Duques de Arknosos, que consistía en una espada de los templarios
cruzada en diagonal sobre una pluma de pavo real, con todos sus colores. En los
libros, indicaban que muchos blasones tenían espadas como símbolo de servicio
al rey al igual que los escudos de armas, y solían coincidir con las familias
más acaudaladas que en tiempos habían sido la mano derecha del gobernante. Hoy
en día, los cabezas de familia ostentaban un puesto diplomático de gran
influencia si una espada figuraba en su blasón. La pluma, además de dar el
toque aristocrático, indicaba el alto nivel cultural de la familia o las
múltiples financiaciones a investigaciones con un final exitoso. Por lo visto,
los Arknosos lo tenían todo.
Las verjas fueron abiertas por criados de librea azul y
entraron siguiendo un camino de grava que cruzaba en línea recta el jardín
infestado de arbustos con formas de animales y enredaderas llenas de flores de
colores, donde al final les esperaba una pulida puerta de madera de doble hoja.
En el momento en que Ifigenia puso un pie sobre la grava una vez detenida la
calesa, todo lo demás fue demasiado rápido.
Un sinfín de criados, vestidos todos ellos muy pulcros de
librea, fueron sucediéndose en tropel para atender a las necesidades de ambas
damas, desde las más necesarias a las más nimias, hasta acabar en un cuarto de
invitados más grande que el jardín del convento, al lado de la habitación de
Cyrene, la cual se comunicaba a través de una puerta en la pared que las
separaba. No había que mirar nada específicamente para darse cuenta del lujo:
cama de finas telas amarillas y blancas con dosel, un gran armario de madera
blanca con remates dorados, un aseo con bañera de oro y un tocador exquisito
con lo necesario y más… y el techo, el magnífico techo pintado a mano que
parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel, lleno de nubes, querubines y
constelaciones, al que solo podía hacerle sombra los tapices de seda
cuidadosamente expuestos en las paredes descubiertas de la habitación.
Definitivamente no se parecía en nada al convento.
- Bueno,
Ifi, en vista de que eres nueva aquí y necesitamos tu mejor imagen, en vez de
ir a boutique Fleur’s, la boutique Fleur’s vendrá aquí. No queremos cotillas y
chismosas que puedan criticar tus sayas.
- ¿L-la
boutique entera?
- Por
supuesto, ¿cómo sino íbamos a elegir las telas de los vestidos?
- Madre
mía, qué despilfarro…
- Una de
las doncellas vendrá enseguida a bañarte.
- Pero si
puedo bañarme sola…
- No, no.
Hemos de dejarte limpia y fresca para que reluzcas esta noche.
- ¿Cómo que
para esta noche? ¿Qué? ¡Cyrene!
- No me
repliques, necesitas un buen cepillado de pelo, querida.
Y Cyrene cerró de un portazo. ¿Esta noche? No será… No,
imposible. ¿O sí? ¡Pero si había llegado hoy! No estaba preparada para la
presentación en sociedad. Bueno, tenía toda la tarde para relajarse, bañarse,
peinarse, maquillarse, probarse mil vestidos, intentar conversaciones
banales…estaba claro que iba a hacer el ridículo esa noche.
De repente todo esto de salir del convento le pareció mala
idea. ¿Qué iba a hacer una teóloga novicia en sociedad si apenas sabía cómo
iban las cosas en el convento? Estaba a mitad de dos caminos, y parecía que no
había terminado uno cuando empezaba otro. Supuestamente esta vida era la que le
esperaba cuando cumpliera los veinticinco (no tan lujosa, eso sí) si es que no
se decidía a dedicar su vida a la religión, su vida estaría ya hecha y
entretejida, sus padres le habrían labrado en su ausencia un puesto en sociedad
y le habrían concertado un matrimonio de conveniencia. Pero… ¿dónde quedaba el
amor verdadero del que hablaban los poemas? ¿Y las aventuras? ¿Y las nuevas
culturas por descubrir? ¿Y la magia? Ninguna señorita en su sano juicio se
metería a los veinticinco años a estudiar por muy de buena familia que fuese
teniendo que atender la casa, los hijos y un marido al que no quería.
Estaba decidida, esa noche triunfaría, ella misma se
labraría su propia reputación.
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Lady Shadows te acecha...así que postea con precaución o puede que te pase un accidente no deseado...
Gracias!