lunes, 17 de septiembre de 2012

GME 2


Cap. 2

           - ¿Estás de coña, Ifigenia? No puedes llevarte eso…

Cyrene Arknosos, de los Gran Arknosos, miraba con una mezcla de asombro y repulsión el gran saco rebosante de libros que Ifigenia intentaba por todos medios atar a la balda de equipaje posterior de la calesa, sin éxito.

           - ¿Y entonces qué me llevo? Es toda la información de la que dispongo para enfrentarme a lo de fuera, aparte de ti.
           - ¿Y has pensado, quizá, en llevarte algo útil? No sé… ¿ropa, un neceser?
           - Tranquila, todo eso está dentro de la calesa.
           - No puede ser… ¿es la mochila de colegio esa? Ifi, sabía que no eras normal, pero esto ya supera mis límites.
           - Deja de protestar y ayúdame con esto.
           - No pienso hacerlo, ese torrente de libros no entrará en mi casa.

Ifigenia intentó una vez más juntar las correas para sujetar el saco, pero el resultado fue el mismo que las anteriores veces, las correas no daban tanto de sí. Cyrene la miraba apoyada en la pared de piedra blanca de la abadía, junto a la gran puerta de madera y hierro que la esperaba impertérrita a ser abierta, disfrutando de ser el centro de atención de las teólogas que paseaban por allí. Ifigenia recordaba ahora las veces que Cyrene la había visitado en incontables ocasiones, causando grandes estragos como este en el silencio de la abadía. Cyrene disfrutaba narrándole de manera dramática y exagerada, como los cuentos infantiles, todo lo que ocurría fuera: anécdotas de los mercados, su presentación en sociedad, las reuniones sociales mensuales de damas, y un largo etcétera, e incluso en alguna ocasión se permitió hablarle de chicos que abundaban en las fiestas de sociedad. La cabeza de Ifigenia entraba en una vorágine de pensamientos vertiginosos solo de pensar en las emociones causadas por fiestas de sociedad, conversaciones banales, chicos. Chicos. Toda una experiencia para una jovencita de veintiún años virgen que sólo había visto a su padre en lo que se refiere al género masculino. Las descripciones de los libros eran escuetas, técnicas y anatómicamente detalladas, pero Cyrene hacía que el género masculino resultase fascinante. Tantos libros de teología, ciencias, artes y sociales y tan pocos de ficción podían arruinarle a una la vida, pero desgraciada o afortunadamente eran su único transporte para vivir una vida que ella sentía que le estaba esperando desde hace mucho tiempo. Y, por supuesto, aquello por lo que estaba dispuesta a arriesgar su armonía diaria: las Escuelas Mágicas. Dios mío, sabía tan poco de ellas y a la vez despertaban tanta curiosidad… Nada de Escuelas Al Uso o Escuelas Teológicas (también llamadas conventos), ella quería acción, emoción, quería estudiar Las Tres Magias. Pero a ver cómo se las apañaba.

Vigilada como estaba con Cyrene, no por ella, sino por los Gran Arknosos, amigos de los Keenlés, era cómo ser el mismo perro con distinto collar. Sólo quedaba la perspicacia y buena mano de Cyrene para investigar a su gusto, dado que a su amiga le encantaba desobedecer órdenes provinieran de donde proviniesen y sin importar las consecuencias. Podría clasificarse como una “rebelde” según algunos de los libros de sociología que Ifigenia intentaba atar sin éxito. O quizá sólo eran las hormonas, tal y como marcaban los libros que versaban sobre medicina. En cualquier caso, iba tener que desprenderse de todos ellos a este paso.

           - En serio, Ifigenia, ya te he dicho que en la biblioteca privada de mi padre tendrás todos esos y muchos más, déjalos, ya los recogerás cuando no tengas que volver aquí porque tendrás una casa propia.
           - Cyrene, no me engañes… ¿estás segura de que en la biblioteca de tu padre estarán todos?
           - Ifi, estás hablando de un Arknosos, ¿qué es lo que no tenemos?
           - ¿Vergüenza?
           - Como siempre, buena respuesta. Y ahora, por el amor de Nuestro Confidente, deja esos libros aquí y vámonos, que a este ritmo no llegaremos ni por la noche.
           - De acuerdo, de acuerdo… ¡pero cómo luego no haya libros…!
           - Si no los hay los mandamos comprar aunque solamente sea para que te calles.
           - Me dejas más tranquila.
           - Casi no me lo creo. Sube a la puñetera calesa.

El saco de libros quedó en manos de una de las teólogas y por fin Ifigenia pudo ver cómo la calesa atravesó la gran puerta de madera rumbo hacia su semilibertad.

Santo Confidente, ¡estaba fuera! A través de la ventana de la calesa pudo ver cómo un camino de tierra se abría paso por los campos de cultivo y las praderas de pasto, dejando atrás una extensa muralla blanca donde predominaba un gran campanario. Es cierto que lo iba a echar de menos, era su refugio, pero para eso siempre habría tiempo. Aunque bien era cierto que al mirarlo por última vez antes de perderlo de vista sintió una punzada de miedo al darse cuenta de que, en realidad, estaba sola y expuesta al mundo a pesar de la compañía de Cyrene, la cuál ya tenía su vida hecha en la ciudad, y quizá no debía haberse planteado salir de allí sin estar preparada. No, no. Lo estaba. Se convenció a sí misma durante un buen rato en silencio para que así fuera.

           - Bueno, no te atosigues a ti misma, vaya cara llevas. Te hará bien, mujer.
           - Eso espero…
           - Que sí, ya verás. ¡Joder, va a ser genial! Tú y yo todo el tiempo juntas, mano a mano como dos hermanas, ¡te van a encantar las fiestas!
           - Parece emocionante.
           - ¡Y lo es! – Cyrene echó un vistazo a la vestimenta de Ifigenia- Pero lo primero que haremos será ir de compras, nena, no puedes ir vestida de teologita si quieres una presentación en sociedad digna de una dama que se puede enorgullecer de tener como padrinos a los Arknosos.

Cyrene mostró una gran sonrisa y su mejor pose para engrandecer el orgullo que le proporcionaba nombrar su apellido y comenzó a enumerar un sinfín de nombres de boutiques y tiendas de ropa de lo más variopintas, con sus respectivos clientes como seña de identidad. Era impensable que una duquesa, marquesa o condesa comprara en la misma tienda de ropa que un burgués con un pequeño negocio, tanto por el dinero como por la clase social que se ostentaba. Vaya, dinero. Ifigenia no había contado con ese detalle, ya que en el convento cada una cultivaba en el huerto la comida de todas y por lo tanto no había que pagar por ello, es más, si precisaban de algún alimento del exterior, el intercambio era con productos del huerto común. Si además nos poníamos a hablar de ropa, la cosa se complicaba mucho más. No entendía mucho de moda, pero sabía que ahí fuera cualquiera dama de cierto renombre tenía acceso a más de dos sayas. ¿Se pondría por primera vez un vestido? No, no, nada de soñar. Sin dinero no hay vestidos.

           - Creo que con mi par de sayas blancas podré apañármelas, procuraré ser discreta.
           - ¿Estás de broma? Si quieres sobrevivir, tienes que ser de todo menos discreta, ¡y olvídate de tus sayas! No las necesitarás mientras vivas en mi casa, los vestidos corren a cargo del dinero de Arknosos, no tendrás que preocuparte por nada.
           - Pero mis padres…
           - Los míos hablaron con ellos y, aunque estuvieron reticentes, al final les convencimos para que te dejaras tratar como una reina. Soltarle lo de las “nuevas experiencias para abrir la mente” fue la clave. Así que deja de protestar y te convertiremos en una princesa, la nueva sensación londinense.
           - Me estoy mareando sólo de pensarlo…
           - ¡Va a ser total!

El viaje prosiguió su camino con un traqueteo incesante, igual que los pensamientos de Ifigenia. A cada paso de estar más cerca de la ciudad, más miedo tenía, porque la verdad es que los intentos de Cyrene por intentar que pareciera todo muy normal solo conseguían abrumarla más. ¿Se habría equivocado? Y si lo había hecho, siempre podría mandar correspondencia a sus padres exponiendo sutilmente que tenían razón… No, no, de eso nada. Respiró hondo, contuvo el aliento durante una pequeña fracción de tiempo, y echó por tierra todas sus preocupaciones, al menos por el momento.

Al cabo de una hora, Cyrene escuchó unos golpecitos de atención del cochero y al momento asomó su cabeza por la ventana. Era mediodía y el sol, desde su cenit, iluminaba sin compasión toda la ciudad de Londras, inmensa.

           - ¡Estamos llegando, Ifi!

Ifigenia no había esperado a que Cyrene le dijera nada. Con casi medio cuerpo fuera de la calesa, una gran sonrisa se extendía por su rostro al ver la aglomeración de edificaciones en la que iban a adentrarse. Y gente, mucha gente. Vislumbraba carruajes con distintas ornamentaciones de colores, con techo y sin techo, de alquiler o privados, con los blasones y escudos de las familias más acaudaladas.

           - ¡Ifigenia, deja de hacer el ridículo y métete en la calesa!

Notó como la mano de Cyrene le tiraba de la saya sin miramientos para sentarla de golpe en el acolchado asiento azul marino.

           - ¡Hay mucha gente! ¡Y muchas calesas como la tuya!
           - ¡Claro que hay gente, es una ciudad! Y en eso te equivocas, no hay ni una que llegue al nivel de esta, querida mía, puedo asegurar que son todas más feas y más pequeñas.
           - No sabría decirte… ¡Oh, mira!
           - ¡No!

De nuevo Cyrene tiró de Ifigenia para que no volviera a sacar medio cuerpo fuera.

           - Vamos a ver, regla número uno, deja de comportarte como alguien que nunca ha visto el mundo.
           - Es que yo no he…
           - Chitón. En la ciudad se vive de apariencias, no queremos ningún escándalo publicado en los periódicos con el titular “Teóloga chiflada sorprende en St. James”, - Cyrene frunció el ceño- lo primero porque tienes que labrarte una reputación y no queremos empezar así, y lo segundo porque no quiero que ensucies la de los Arknosos, te recuerdo que estás bajo nuestra tutela ahora.

Ifigenia se sonrojó de vergüenza al darse cuenta de que realmente estaba haciendo el ridículo. Los londinenses no estaban ciertamente acostumbrados a ver una teóloga señalando con entusiasmo los patos del estanque desde una calesa, embutida en la habitual saya blanca y la cofia del mismo color que cubría su cabeza, la imagen de una teóloga novicia era de sumisión, paz e intelectualismo.

           - Bien. Mira por la ventana cuanto quieras, pero no asomes la cabeza ni mucho menos el cuerpo hasta que lleguemos a Arknosos House, ¿entendido?

Tras pasar por dos parques enormes plagados de tiendas, la Cámara de los Lores, la Sociedad Histórica, el club de caballeros White’s y la Biblioteca De Londras, entraron en una ancha avenida franqueada a ambos lados por grandes mansiones, a cual más ostentosa y con más mezcla de estilos arquitectónicos.

           - ¡Bienvenida al mejor barrio de Londras, Ifi! Todas las grandes familias viven aquí durante el año, luego veranean en sus otras mansiones lejos de la ciudad. Debes tener cuidado cuando pasa por aquí, es un hervidero de cotilleos, has de ser educada pero sin dar demasiada información.

Dos señoras de avanzada edad pararon en seco, e incluso retrocedieron un par de pasos para asegurarse de lo que habían visto dentro de la calesa de los Arknosos, Cyrene se limitó a saludarles escuetamente con una repetida sonrisa falsa, mientras que Ifigenia procuró ocultarse entre las sombras que proyectaba la calesa dentro del habitáculo. Al poco rato, al final de la gran avenida, empezó a apreciarse lo que parecía la mansión más grande de todas rodeada por unos jardines y limitados por una verja metálica con el gran blasón de los Duques de Arknosos, que consistía en una espada de los templarios cruzada en diagonal sobre una pluma de pavo real, con todos sus colores. En los libros, indicaban que muchos blasones tenían espadas como símbolo de servicio al rey al igual que los escudos de armas, y solían coincidir con las familias más acaudaladas que en tiempos habían sido la mano derecha del gobernante. Hoy en día, los cabezas de familia ostentaban un puesto diplomático de gran influencia si una espada figuraba en su blasón. La pluma, además de dar el toque aristocrático, indicaba el alto nivel cultural de la familia o las múltiples financiaciones a investigaciones con un final exitoso. Por lo visto, los Arknosos lo tenían todo.

Las verjas fueron abiertas por criados de librea azul y entraron siguiendo un camino de grava que cruzaba en línea recta el jardín infestado de arbustos con formas de animales y enredaderas llenas de flores de colores, donde al final les esperaba una pulida puerta de madera de doble hoja. En el momento en que Ifigenia puso un pie sobre la grava una vez detenida la calesa, todo lo demás fue demasiado rápido.

Un sinfín de criados, vestidos todos ellos muy pulcros de librea, fueron sucediéndose en tropel para atender a las necesidades de ambas damas, desde las más necesarias a las más nimias, hasta acabar en un cuarto de invitados más grande que el jardín del convento, al lado de la habitación de Cyrene, la cual se comunicaba a través de una puerta en la pared que las separaba. No había que mirar nada específicamente para darse cuenta del lujo: cama de finas telas amarillas y blancas con dosel, un gran armario de madera blanca con remates dorados, un aseo con bañera de oro y un tocador exquisito con lo necesario y más… y el techo, el magnífico techo pintado a mano que parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel, lleno de nubes, querubines y constelaciones, al que solo podía hacerle sombra los tapices de seda cuidadosamente expuestos en las paredes descubiertas de la habitación. Definitivamente no se parecía en nada al convento.

           - Bueno, Ifi, en vista de que eres nueva aquí y necesitamos tu mejor imagen, en vez de ir a boutique Fleur’s, la boutique Fleur’s vendrá aquí. No queremos cotillas y chismosas que puedan criticar tus sayas.
           - ¿L-la boutique entera?
           - Por supuesto, ¿cómo sino íbamos a elegir las telas de los vestidos?
           - Madre mía, qué despilfarro…
           - Una de las doncellas vendrá enseguida a bañarte.
           - Pero si puedo bañarme sola…
           - No, no. Hemos de dejarte limpia y fresca para que reluzcas esta noche.
           - ¿Cómo que para esta noche? ¿Qué? ¡Cyrene!
           - No me repliques, necesitas un buen cepillado de pelo, querida.

Y Cyrene cerró de un portazo. ¿Esta noche? No será… No, imposible. ¿O sí? ¡Pero si había llegado hoy! No estaba preparada para la presentación en sociedad. Bueno, tenía toda la tarde para relajarse, bañarse, peinarse, maquillarse, probarse mil vestidos, intentar conversaciones banales…estaba claro que iba a hacer el ridículo esa noche.

De repente todo esto de salir del convento le pareció mala idea. ¿Qué iba a hacer una teóloga novicia en sociedad si apenas sabía cómo iban las cosas en el convento? Estaba a mitad de dos caminos, y parecía que no había terminado uno cuando empezaba otro. Supuestamente esta vida era la que le esperaba cuando cumpliera los veinticinco (no tan lujosa, eso sí) si es que no se decidía a dedicar su vida a la religión, su vida estaría ya hecha y entretejida, sus padres le habrían labrado en su ausencia un puesto en sociedad y le habrían concertado un matrimonio de conveniencia. Pero… ¿dónde quedaba el amor verdadero del que hablaban los poemas? ¿Y las aventuras? ¿Y las nuevas culturas por descubrir? ¿Y la magia? Ninguna señorita en su sano juicio se metería a los veinticinco años a estudiar por muy de buena familia que fuese teniendo que atender la casa, los hijos y un marido al que no quería.

Estaba decidida, esa noche triunfaría, ella misma se labraría su propia reputación.

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