viernes, 6 de agosto de 2010

Capítulo 8: “Lo correcto y lo incorrecto”

“Por el amor de dios, Heidi! Deja de atormentar a Pedro de esa manera!” maldijo Heidi para sí. Tenía muy claro que Pedro era una de sus mejores fantasías, pero no tenía nada claro hasta donde quería que se cumplieran. “En el colegio apenas nos explicaron las relaciones entre sexos, de hecho la señorita Rottenmeyer evitaba el tema a toda costa y nos castigaba si osábamos preguntar, qué se supone que debo hacer?” Heidi sacó el último huevo de la sartén y lo echó al plato, aún humeante y crepitando por el aceite. Llevó ambos platos a la mesa de madera y dispuso cubertería para dos, una jarra de latón y un par de vasos a juego. Tras poner la barra de pan en el centro, cogió la sartén con cuidado para no derramar el aceite todavía caliente y echarlo de nuevo a otro recipiente para una segunda utilización. Con la sartén en mano, ya sin aceite, empujó la puerta de madera y salió al exterior dirección al abrevadero.
Al doblar la esquina, quedó petrificada ante la visión de Pedro sin camisa, que en ese momento se sacudía agua del pelo mediante un movimiento de cabeza rápido. Todo su torso, aparentemente esculpido en un material muy duro, estaba mojado y chorreaba por los musculosos brazos y por la punta de la nariz, a excepción de algunas gotas que caían por sus labios. Estaba delgado y moreno por el campo, pero sobre todo muy bien proporcionado gracias al trabajo que obsequiaba la carpintería. Heidi, boquiabierta ante el espectáculo, perdió fuerza en las manos y la sartén cayó al suelo con un sonido amortiguado pero fuerte sobre la hierba.

           -Madre mía…-susurró Heidi inaudiblemente.

Pedro giró la cabeza en ese mismo instante y vio como Heidi se agachaba despacio a recoger la sartén sin quitarle los ojos de encima. Pedro no sabía muy bien qué hacer en ese momento y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo buscando la camisa que había tirado en la hierba, sin éxito, mientras balbuceaba:

           -Yo…em…ya está la comida, supongo…me estaba refrescando…no sé donde he tirado la camisa…ahora mismo me voy para que friegues la sartén…perdón, bueno…em…

           -Qu-quieres que te traiga algo…para secarte?-acertó a decir Heidi sin poder apartar los ojos de su torso desnudo.

Pedro la miró un momento sin entender, pero recobró su sentido común para asentir.

           -Sí,sí…estaría bien…

Heidi se acercó despacio sin quitarle los ojos de encima hasta el abrevadero y dejó muy despacio la sartén. Pedro la miraba entre divertido y nervioso. Heidi bajó la vista al suelo sonrojada, dio media vuelta y le echó una última mirada de reojo mientras doblaba la esquina de nuevo.

           -Ahora mismo te lo traigo…

Cuando Heidi desapareció, Pedro se acordó de respirar después del momento de tensión  que había pasado. “Lo que faltaba ya…”. Al fin encontró la camisa en el suelo, aunque se dio cuenta que no podía ponérsela hasta que volviera Heidi. “Heidi…espero que no se haya fijado en mis bajos.” Se acomodó en el borde del abrevadero y esperó. Al minuto, Heidi apareció por la esquina con una toalla y se la entregó sin mirarle.

           -Te espero en la mesa cuando termines.

Y se fue. “Vaya momento para quedar en ridículo” pensó Pedro con un poco de rabia. Se secó tan rápido como pudo y se puso la camisa. Miró hacia el prado donde pastaban las cabras. Copito de Nieve parecía muy apegado a una de ellas. Pedro agudizó la vista y vislumbro cómo Copito de Nieve estaba copulando con otra cabra hembra.

           -¡Pero si se la está trincando!-exclamó Pedro contrariado, y se acordó de Heidi cuando estaba tumbada encima de la mesa a su merced.-Dios,¿por qué me haces esto?

Después de la supuesta señal que Dios, estaba seguro de ello, le había propuesto, se recompuso mentalmente como pudo y entro en la cabaña.

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